jueves, 4 de septiembre de 2014

EL HONOR NUESTRO DE CADA DÍA


¿Os acordáis de esa idea un tanto chocante que en la película El secreto de los Mccann lanzaba en su discursillo el tío a su sobrino? Rezaba algo así como que “a veces, las cosas que pueden no ser ciertas, son aquellas en las que el hombre más necesita creer, como que el honor, el valor y la virtud lo son todo…”.  ¿El honor? ¡Uf! Vaya cuestión.

La verdad es que, así, a bote pronto, parece una de esas preguntitas muy simples, con la que un Sócrates se deleitaría, pero cuya respuesta se atisba complicada y enrevesada. Si tiramos del diccionario de la RAE (Real Academia Española) para acortar el camino y acotar su significado, de entre las muchas acepciones que contempla, hay una que define el honor como “cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes con respecto del prójimo y de uno mismo” o, hablando en buen romance, hacer lo que hemos dicho que íbamos a hacer y, añadiría yo, pedir disculpas en caso de que, por una razón u otra, haya cambiado de opinión, haya hecho lo contrario o, sencillamente, no pueda hacerlo. 

En principio, claro, todos estaríamos de acuerdo con la necesidad de cumplir con las promesas hechas o compromisos adquiridos. Sin embargo, no hace falta ir a las grandes obligaciones religiosas o morales o a las promesas políticas para ver ejemplos de cómo flojea el honor nuestro de cada día y cómo se deshonra con los hechos (o los no hechos) la palabra dada. Así, pierde un poco de su honor el técnico que me dijo que vendría ayer a arreglarme el frigorífico y no lo hizo y ni siquiera me llamó para avisarme de que no vendría. Pierde un poco de su honor la madre que lleva dos horas respondiendo a su hija "ahora" cuando ésta le pregunta cuándo va a parar el coche para descansar del largo viaje, y también lo pierde el padre que responde a esa misma hija que no le pasa nada cuando ésta le pregunta qué le pasa (y es evidente que le pasa algo) y ambos han sermoneado multitud de veces a la niña sobre la necesidad de decir “siempre” la verdad. Pierde un poco de su honor esa misma hija que, aprendiendo el poco valor que tiene la palabra de sus padres, promete a su amigo que al día siguiente le llamará para enseñarle un sitio secreto y al día siguiente encuentra otro plan mejor mientras su amigo espera ansiosamente su llamada. Pierde un poco de su honor el abuelo que vuelve a prometer a su nieto por enésima vez que le llevará a Anoeta a ver un partido de la Real Sociedad y, por enésima vez, no lo hace. Pierde un poco de su honor la proveedora que jura por teléfono a su cliente que tendrá el pedido mañana “sin falta” sabiendo que no va a ser posible y aprovechándose de que no puede mirarle a los ojos. Pierde un poco de su honor el gerente que da su palabra de que este año va a haber más transparencia en la información a la vez que está ocultando algo que atañe directamente a quienes lo escuchan. Pierde un poco de su honor la directora que, ante una propuesta de un subordinado, le responde que gracias y que ya le dará su opinión mientras lee la propuesta por encima o la guarda rápidamente en un cajón para olvidarse para siempre de ella, mientras el iluso subordinado espera la opinión de su directora cada vez que se cruza con ella, opinión que nunca llegará. Pierde un poco su honor el médico que, en lugar de responder humildemente “no lo sé”, responde de forma deliberadamente ambigua y escurridiza a la pregunta del paciente sobre cómo quedará tras la operación. Pierde un poco de su honor la profesora que promete a sus alumnos una excursión para la que nunca hay, ni habrá, fecha adecuada. Pierde un poco de su honor el marido que repite a su mujer e hijos que, para él, ellos son lo más importante del mundo pero siempre encuentra razones poderosas para estar con ellos el menos tiempo posible. Pierde un poco de su honor la amiga que convence a otra de que no contrate a los pintores porque ella le va a ayudar a pintar la casa y, sencillamente, lo dice por decir pero no tiene ninguna intención de hacerlo…

Como veis, el honor no es algo grandilocuente o propio solo de personajes ilustres o “molts honorables”, sino que deambula continuamente por nuestra vida cotidiana y, cuando lo perdemos, perdemos excelencia y nos vamos quedando como la señal de la fotografía, un poco roñados por dentro. Y nos provocamos el malestar correspondiente a saber, no solo que hemos fallado a alguien, sino, sobre todo, que nos hemos fallado a nosotros mismos. 
Pello Biain González

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