sábado, 24 de enero de 2015

¿LO VES? NO ME ESCUCHAS

En este diálogo de solo un minuto y medio entre este padre y su hijo aparece nítidamente una de las razones por las que fracasa la comunicación entre dos personas. La escena pertenece a la película Solo ellos (Scot Hicks, 2009).





"¿Lo ves? No me escuchas. Intento decirte lo que siento y dices que soy ridículo".

O, dicho de otra manera, intento decirte lo que siento y me juzgas. Este es uno de los mayores fallos que solemos cometer y que impide una buena escucha y, por ende, una buena comunicación. Y mira que se lo advierte el hijo desde el principio: "me refiero a que me escuches de verdad". Así que hay una forma falsa de escuchar (o de no escuchar, que es lo mismo) y una manera verdadera de escuchar. ¿Quieres saber cómo distinguir una de otra?

Cuando yo no escucho, parece que escucho porque me mantengo en silencio mientras la otra persona habla e intento comprender lo que dice. Pero, en realidad, estoy comparando lo que dice con mi criterio (que es el correcto) sobre el asunto. Como la opinión del padre es que la madre quiere a su hijo, no admite que su hijo pueda tener un criterio distinto por el cual no se sienta amado por su madre. De ahí ese "vamos, no seas ridículo", que en el fondo significa: "tu percepción de la realidad y tu sentimiento son erróneos".

Cuando yo escucho de verdad, intento comprender lo que dice la otra persona y, también, qué razones puede tener para decirlo, es decir, en base a qué criterio siente o piensa algo. Cuando yo escucho de verdad, me olvido momentáneamente de lo que yo pienso y me afano en indagar con el fin de llegar a una comprensión mayor de los criterios que está utilizando la otra persona para decir lo que dice. Siguiendo con el ejemplo, lo idóneo en el padre hubiera sido preguntar "¿Qué te hace pensar que tu madre no te quiere?" en lugar del "vamos, no seas ridículo". Lo primero expresa deseo de comprender, lo segundo, invalidación y negación del sentimiento del hijo. Luego, ya sabes lo que suele venir: el hijo se siente atacado y, para defenderse, contraataca con otro juicio o exabrupto... El padre hace lo mismo, el hijo se levanta airado, da un portazo y se va. Y la misma escena se repite en una pareja, una profesora y su alumna, un director y su subordinado... Al final, las personas se alejan, quedan resentidas y ambas partes pierden.

Que quede bien claro que el padre tiene todo el derecho del mundo a pensar que su hijo está equivocado. Pero se le ha olvidado un pequeño gran detalle: cuando escucho, lo más importante no es lo que yo pienso ni qué relación tiene lo que la persona dice con lo que yo pienso. Lo más importante es esforzarse por adoptar el punto de vista de la otra persona, intentar comprender qué hay de razonable y verdadero en su postura, pero no desde mis criterios, sino desde los suyos. Lo idóneo hubiera sido preguntar: "¿Qué hace o dice tu madre que te hace pensar que no te quiere? Quiero entender cómo has llegado a esa conclusión".

Y solo si la otra persona me lo pide, le diré lo que yo pienso. Esto requiere controlar mi ansia por hablar y hacer prevalecer mi criterio, tras lo cual suele esconderse una verborrea mental, una excesiva identificación con mis ideas (yo soy mis ideas) o una autoestima condicional basada, entre otras cosas, en tener razón. Y no le daré mi opinión porque puede que no le interese lo más mínimo: lo único que quiere es expresarse, ser escuchado, ser comprendido. Por supuesto, sabe que puede estar equivocado y que yo puedo pensar de otra manera. Pero ahora no quiere confrontar su sentimientos y pensamientos con los míos, solo quiere que le escuche de verdad, con la boca cerrada (o abierta solo para preguntar o reformular) y con una mirada que exprese interés y respeto.

¡Y seguro que hoy mismo tenemos oportunidad de hacerlo!

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