viernes, 29 de mayo de 2015

¿TIENEN ALGÚN VALOR LOS VALORES EN LA EMPRESA?

Foto: Mertxe Peña
En estos momentos, muchos jóvenes que han cursado Formación Profesional están a punto de terminar las prácticas en empresas. Cuando hablaba con algunos de ellos antes de marcharse de la escuela, notaba en sus ojos una mezcla de ilusión y preocupación por no saber si en la empresa a la que habían sido destinados iban a estar a gusto o no. Más que la dificultad del trabajo o la competencia necesaria para desempeñar una tarea, les preocupaba el hecho de llegar a una organización donde “haya buen ambiente”. E invocaban a la suerte para que les fuera propicia.

¿De qué depende que en una empresa se esté bien o mal? No tanto de que vaya bien o mal, sino de la importancia que se dé a las relaciones interpersonales (incluso cuando vaya mal). Y cuando hablamos de la importancia de las relaciones, hablamos de valores. ¿Valores? Sí, formas de relacionarnos que consideramos valiosas. ¿Y por qué son valiosas? Porque en unas relaciones donde se da importancia a la responsabilidad, el respeto, la humildad, la confianza, la excelencia, el compromiso, la autonomía… crece el trabajo bien hecho y la humanidad en las relaciones, ya que, la búsqueda de la eficacia y eficiencia se puede hacer en un marco de valores donde las personas crezcan y maduren juntas y vayan estableciendo y reforzando unos vínculos que den un sentido más trascendente a lo que hacen.

Es probable que algunos gerentes y directivos, en cuanto vean la retahíla anterior de sustantivos abstractos se imaginen a los operarios o a sí mismos vestidos de angelitos, tocando música celestial con una lira y lanzándose miradas y sonrisas cariñosas en la planta de producción o en una reunión de equipo, o sea, que eso de los valores es poesía para incautos, palabras bonitas, sí, pero inviables en una empresa, pues el mercado es un lugar duro donde, fundamentalmente, deben hacerse dos cosas: producir y reducir costes para competir y ganar. El resto es, poco más o menos, una pérdida de tiempo o una utopía irrealizable. Y, claro, según esta perspectiva, ser eficiente y eficaz está reñido con cosas como ser honesto, agradecido, ecuánime o íntegro, comportamientos propios de un carácter “débil” que dificulta la competitividad. Por no hablar del vértigo y la inseguridad que provoca a muchos grandes y pequeños jefes entrar en el mundo de las relaciones y ver peligrar el poder y control que mantienen sobre la organización.

Foto: Mertxe Peña
Sin embargo, distintas disciplinas científicas o la mera reflexión ética y el sentido común, nos van desvelando cómo (no) funcionamos los seres humanos, qué es lo que (no) nos mueve y (no) nos motiva para que saquemos lo mejor de nosotros. Suelo repetir insistentemente a mis alumnos algo que aprendí hace tiempo y que he experimentando en mí mismo, eso de que “nadie trabaja por nada, pero no solo trabajamos por dinero”. Pues bien, aquel que descubra por qué trabajamos además de por dinero, tiene la llave para abrir su empresa no solo a la eficacia y eficiencia, objetivos indispensables, sino también a relaciones donde, por ejemplo, la gente cumpla su palabra y cuando no la cumpla se disculpe, donde sea tenido en cuenta su conocimiento tácito y se le pregunte su opinión sobre aquello que puede opinar, donde pueda notar que aprende y sus habilidades se desarrollan, donde participe en conversaciones productivas, donde se le dé libertad para hacer propuestas de cambios y mejora, donde se le agradezca y se le reconozca su esfuerzo mirándole a los ojos y utilizando la 2ª persona del singular, donde alguien muestre siquiera algo de interés por sus problemas personales o de salud… 

Es verdad que en los últimos años y en multitud de empresas se han generalizado las certificaciones de la calidad basada en la mejora continua de procesos y eso está bien. Pero hasta que no establezcamos la calidad basada en la mejora continua de nuestras relaciones (con indicadores incluidos), hasta que no convirtamos en procesos evaluables nuestras relaciones y vayamos institucionalizando una cultura basada en el compromiso por relacionarnos de determinada manera, muchas organizaciones serán como barcos que flotan, pero con pequeñas (o grandes) vías de agua por donde se pierden ingentes cantidades de potencial, entusiasmo, creatividad, compromiso, iniciativa…  

En definitiva, hasta que no mejoremos lo esencial (nuestras relaciones) a través de lo esencial (los valores), los alumnos que se incorporen a una empresa (y el personal que ya esté en ella) necesitarán seguir invocando a la suerte.

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