domingo, 2 de enero de 2022

¿POR QUÉ LA ENFERMEDAD MENTAL ES TABÚ EN LA SOCIEDAD?

Invitado por Itsaslore, participante habitual de los cafés filosóficos, el pasado 28 llevamos a cabo el café filosófico en Irura, pueblecito de la comarca de Tolosa que visité por primera vez y en el que tuve la ocasión de ver algo curioso: uno de los pocos frontones donde se practica el trinquete, que es una modalidad del juego de pelota. 

Nos reunimos cuatro personas en la sala circular de la antigua escuela: Itsaslore, Maite, Ane y yo, con mucha distancia de seguridad, ventanas y puerta abiertas. Como yo me encargo de guiar el diálogo, las participaciones corrieron a cargo de estas tres compañeras que, para ser solo tres, dieron lugar a un diálogo en euskara muy fecundo. Se propusieron las siguientes preguntas:

  1. ¿Qué es la identidad?
  2. ¿Por qué algunos temas son tabú en la sociedad?
  3. ¿Qué es la realidad?
  4. ¿Es bueno resistirse a la deshumanización imperante?
  5. ¿Por qué nos da vergüenza la tristeza?

Se eligió la segunda, que se reformuló concretando algunos temas que son tabú en la sociedad: la enfermedad mental, la muerte y el sexo. Para no abrir muchos frentes, se eligió el primero, de tal forma que la pregunta se reformuló de esta manera: ¿Por qué la enfermedad mental es un tema tabú en la sociedad? Resumo aquí las ideas más importantes del diálogo:

Es un tema tabú porque nos da miedo. Por una parte, miedo a una actitud agresiva o violenta de quien padece una enfermedad mental. Por otra parte, nos da miedo porque dichas personas pueden tener  comportamientos que se sitúan fuera de la normalidad, con la inseguridad que ello conlleva. La normalidad es el grupo, la aceptación, la consonancia; mientras que, fuera de la normalidad, nos acecha la exclusión, la no aceptación, la disonancia.

También nos da miedo poder llegar a empatizar con estas personas y llegar a cuestionarnos nuestra vida o hacernos preguntas sobre qué necesitamos para estar bien. La experiencia de observar a personas que no siguen el camino marcado por la sociedad en cuanto al trabajo, la familia, las costumbres, la moral o las convenciones sociales... puede provocar que dudemos de nuestra forma de vida y que nuestra confianza o seguridad en el sistema social se tambalee.

Además, la enfermedad mental nos recuerda la amenaza de que perdamos el control de nuestra propia cordura, es decir, que perdamos la cabeza en contra de nuestra propia voluntad. Aunque esto pueda suceder al azar o por factores internos, puede haber circunstancias externas que desaten esta pérdida del control, como, por ejemplo, no cumplir las expectativas sociales, o sea, no estar a la altura de lo que la sociedad nos exige para ser reconocidos, y vivir esa experiencia como un fracaso y una pérdida de sentido vital.

Otra razón de que la enfermedad mental se considere tabú es que dicho problema no se vea, se oculte, que pase inadvertido, como si no existiera, con el objetivo de que la sociedad marque y mantenga nítidamente los límites de la normalidad y evite que los individuos tengan la tentación de traspasarlos.

Esta última actitud fue criticada, ya que, si bien es más cómodo cerrar los ojos a dicha realidad, si la sociedad en general aceptara estos casos y aumentara nuestro conocimiento, este conocimiento aumentaría el  bienestar de todos, tanto de los que padecen la enfermedad, como de los que conviven con ellos.

También se relacionó este tema con otras de las preguntas planteadas: por qué nos da vergüenza la tristeza. Al igual que con la enfermedad mental, se propuso la hipótesis de que, con la tristeza, nos salimos de la "normalidad", lo cual quiere decir que lo normal en nuestra sociedad es estar alegre. Pero si la tristeza forma parte de nuestra naturaleza y la sociedad nos obliga a estar o a aparentar estar alegres, vivimos en una sociedad hipócrita, artificial, dominada por la "happycracia" (término acuñado por la socióloga Eva Illouz y el psicólogo Edgar Cabanas). Así, se da la paradoja de que es la propia sociedad la que nos provoca malestar obligándonos a estar alegres. 

Nuestra sociedad no es ajena a este fenómeno que se relaciona con el al capitalismo: la alegría es activa, y estando alegres somos más manipulables, más explotables, más productores y más consumidores; mientras que la tristeza nos empuja a la pasividad, a la quietud y lentitud y falta de deseo.

La sesión fue valorada positivamente. El hecho de contar con tres participantes hizo que el diálogo fuera pausado y fructífero. Hubo momentos de silencio para pensar, hubo momentos para articular pensamientos que, dentro de nuestra mente parecen claros, pero que al convertirlos en palabras se complican o incluso dudamos de ellos (es el efecto que produce escucharse a uno mismo lentamente, conscientemente y en voz alta). Dos de las participantes desconocían el método de café filosófico que utilizo y confesaron que al principio se asustaron un poco, ya que pensaban que el café iba a ser una especie de tertulia. Sin embargo, comprendieron mejor la diferencia entre un café "filosófico" y una tertulia. En el primero hay un esfuerzo por profundizar en nuestras opiniones, lo cual nos puede llevar a indagar en nuestras creencias, a hacerlas conscientes, a problematizarlas, a escuchar y escucharnos, a buscar conceptos, etc, lo cual, como he dicho, requiere un esfuerzo considerable; mientras que una tertulia no es más que una sucesión de opiniones que, muchas veces, no son ni nuestras.

Sin embargo, también se recalcó que ese esfuerzo es reconfortante, pues se sale de la sesión con la sensación del deber cumplido: el deber de pensar la realidad y de pensarse uno mismo. Aunque... ¿es el pensar un deber moral? Bien podría ser este el tema de otra café filosófico. 


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